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En el Bera Bera Rugby Taldea conviven generaciones, trayectorias y momentos vitales muy distintos. Desde quienes empiezan a descubrir el balón ovalado hasta quienes llevan décadas sintiendo el rugby en la piel.

En ese ecosistema tan propio del club, hay dos grupos que representan algo más que entrenamientos y partidos: las Blasfemmes y el grupo de veteranos Gurdizaharrak.

Dos realidades diferentes. Un mismo espíritu.

Gurdizaharrak, puro amor por el rugby

Joaquín Pagés —aunque casi todo el mundo le llama Juako— sonríe cuando le preguntan por el nombre. Explica que Gurdizaharrak significa algo así como “los carrozas”. Un término que suena provocador, pero que en realidad es puro sentido del humor.

“El nombre viene de antiguas historias del club”, cuenta. “Y tiene mucha ironía. Salta a la vista que estamos listos para debutar en el Seis Naciones en cualquier momento”, bromea. “Lo de carrozas es solo para que el rival baje la guardia.”

Pero más allá del chiste, Gurdizaharrak es memoria viva del club.

Cuando Juako empezó a ir a las tocatas en 2019, el grupo ya llevaba muchos años de recorrido y varios torneos internacionales a sus espaldas. Había historias acumuladas, viajes, terceros tiempos eternos y amistades forjadas en campos de aquí y de fuera.

En los últimos años han vivido una especie de segundo aire. Se ha sumado gente nueva, veteranos y veteranas que quizá llevaban tiempo sin jugar pero que no habían dejado de sentir el rugby como algo propio. “Ha habido un resurgir”, explica. “Más gente, más constancia, más ilusión.”

Cada jueves del año, a las 20:15, la cita es casi sagrada. Tocata en Puio. Llueva, haga frío o el día haya sido interminable. “Es nuestra liturgia”, dice Juako. “Ese momento en el que te calzas las botas y, durante una hora, vuelves a tener 15 años.”

Ya no hay entrenamientos estructurados como en la etapa competitiva. Nadie pelea por una convocatoria ni por un puesto. Pero el compromiso sigue ahí. El que quiere entrenar más lo hace por su cuenta. El grupo se sostiene en algo diferente: en la voluntad de seguir estando.

De vez en cuando disputan partidos o torneos de veteranos. Y cuando salen al campo, el instinto competitivo sigue apareciendo. Nadie quiere perder. Eso no cambia. Pero sí cambia la prioridad.

“Muy por encima del resultado, queremos que todos lleguemos sanos y salvos al tercer tiempo”, explica. Por eso el juego se adapta: no hay contra-rucks, no se levanta en la touch, se reducen las acciones más lesivas. Es rugby, sí, pero con otra conciencia.

“Jugar ahora es diferente. Ya no compites por mejorar tu posición ni por demostrar nada. Juegas por puro amor al deporte. Y por compartirlo.”

Para Juako, el rugby es algo que nunca desaparece del todo. “Te deja amistades que duran toda la vida. Momentos que recuerdas siempre. Y valores que se te quedan dentro: respeto, solidaridad, compañerismo.”

Cuando habla de las nuevas generaciones, no lo hace desde la nostalgia, sino desde el deseo. “Ojalá dentro de veinte o treinta años sigan sintiendo lo mismo. Que el club siga siendo su casa. Que encuentren aquí amistades que les acompañen siempre.”

Porque Gurdizaharrak no es solo un grupo que juega los jueves. Es el recordatorio de que el vínculo con el club puede durar toda la vida.

Blasfemmes, un equipo lleno de energía

Si en Puio los Gurdizaharrak encarnan la continuidad, las Blasfemmes representan el descubrimiento.

Febrero de 2024. Bar de Puio. Varias madres esperan a que termine el entrenamiento de sus hijos e hijas. Una de ellas, Brenda, llega de trabajar, se apoya en la barra y lanza casi sin pensarlo una pregunta que cambiaría muchas cosas:

—“¿Os apetecería jugar al rugby?”

Hubo risas. Hubo miradas de “¿estás hablando en serio?”. Pero también hubo algo más: curiosidad.

“Empezamos siendo todas madres de jugadores y jugadoras del club”, recuerda Brenda. “La mayoría solo conocíamos el rugby por ver a nuestros hijos o hermanos. Algunas no habían jugado nunca a un deporte de equipo. ¡No teníamos ni claras las reglas!”.

En mayo, después de muchos mensajes para cuadrar horarios imposibles, siete mujeres se juntaron por primera vez en el campo. “Ese primer día yo ni siquiera pude entrenar por trabajo, llegué solo al tercer tiempo. Pero estaban emocionadas. Se notaba que había nacido algo.”

El nombre llegó casi solo. Blas y Mikel, dos delanteros veteranos y aitas del club, se ofrecieron a entrenarlas desde el principio. El juego de palabras con ‘Blas’ encajó perfectamente. Y así nacieron las Blasfemmes.

Lo más difícil no fue aprender a pasar el balón hacia atrás ni colocarse en defensa. Fue la conciliación. “Sin duda, lo más complicado ha sido la logística: trabajo, familia, horarios…”, reconoce Brenda. “Pero lo que nos enganchó fue la energía del grupo”.

Poco a poco fueron mejorando. El club les dio su espacio. Se hicieron camisetas para ir uniformadas. Se sumaron jugadoras con experiencia que aportaron seguridad. Y, casi sin darse cuenta, dejaron de ser un experimento para convertirse en equipo.

Hoy son casi veinte.

“Las Blasfemmes somos todo”, dice Brenda sin dudar. “Somos equipo, somos amigas y, sobre todo, somos un espacio propio. Nuestro momento.”

Los entrenamientos tienen algo terapéutico. Se empieza con ejercicios dinámicos, se ríe mucho y, al final, llega uno de sus momentos favoritos: la “agarrata”. Una especie de tocata en la que no se placa, pero en lugar de tocar a la rival para frenar la jugada hay que agarrarla. Más contacto, más intensidad, pero sin el impacto del placaje. “La disfrutamos como niñas”, confiesa.

También juegan, de vez en cuando, partidos y encuentros con otros equipos. Pero el marcador no es el centro de nada. Lo importante es lo que han construido.

“Ha cambiado totalmente nuestra manera de ver el rugby. Ahora lo entendemos desde dentro. Lo vivimos distinto”, explica Brenda. Y lanza un mensaje que resume el espíritu del grupo: “Nunca es tarde. Tengas la edad que tengas, tengas o no hijos, lo único que necesitas son ganas.”

Un club que une generaciones

Blasfemmes y Gurdizaharrak no compiten en la misma liga ni están en el mismo momento vital. Pero forman parte de lo mismo.

Un club que permite empezar de cero a los 40 o a los 50.
Un club al que se puede volver después de años de competición.
Un club que entiende que el rugby no es solo marcador.

“Es un hogar al que volvemos”, dice Juako.
“Es un orgullo sentir que pertenecemos”, añade Brenda.

En el Bera Bera el rugby no se deja nunca del todo. A veces empieza en un bar, mientras esperas a tus hijos. A veces continúa décadas después, cuando el calendario avanza pero las ganas siguen intactas.

Cambia la forma.
No cambia la emoción.

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