En junio de 2026, el Bera Bera cumplirá 40 años de historia. Cuatro décadas después, el club es mucho más que rugby, pero su origen está precisamente ahí: en un balón ovalado, en un grupo de amigos y en unas ganas enormes de crear algo propio.
El nacimiento del Bera Bera se remonta a una reunión en la sociedad Aitzaki, en Lo Viejo. Allí se lanzó una propuesta tan sencilla como ambiciosa: formar un nuevo equipo de rugby
, aunque muchos de los que estaban sentados a la mesa nunca hubieran jugado antes. “Se formó el equipo y en los primeros entrenamientos había compañeros que no eran capaces ni de dar una vuelta al campo corriendo para calentar”, recuerda Fernando Díez ‘Pirulo’, actual presidente del club.
La idea había surgido de varios amigos que habían estudiado aparejadores en Burgos y habían conocido allí el rugby. A su vuelta, se prometieron crear un equipo para jugar juntos. Durante los tres primeros años, aquel grupo compitió como tercer equipo del Atlético SS, bajo el nombre de Bera Bera –como el barrio–, un nombre que acabaría dando identidad a todo un club que se creó después, en 1986.
Desde el principio, lo que no faltó fue ilusión. “Lo principal eran las ganas de entrenar todos los días y aprender un deporte nuevo”, explica Pirulo. El conocimiento llegaría después, gracias a quienes ya habían jugado antes y lo compartían con el resto. El ambiente fue clave desde el inicio: entrenamientos, cenas semanales y una piña que se formó casi sin darse cuenta. “Éramos personas muy distintas, de edades y procedencias diferentes, pero enseguida hicimos grupo”.
Crecer sin perder la esencia
A comienzos de los años 2000 llegó al club una nueva generación. Beñat Gorrotxategi —junto a su hermano gemelo Jokin— se incorporó con solo 15 años, después de que el rugby llegara a su ikastola. “Vinieron a enseñarnos rugby y decidí probar. En ese momento el club estaba en Primera División”, recuerda. Lo que empezó como curiosidad acabó siendo una historia de 17 años como jugador.
“El deporte me gustó e hice muy buenos compañeros, y eso hizo que me quedase”, resume Beñat. En su etapa, el club vivió momentos buenos y otros más duros, como descensos de categoría o los años posteriores al Covid, en los que mantener equipos y gente fue especialmente complicado. Aun así, nunca se perdió lo fundamental. “Trabajo duro, sacrificio y amistad”, dice al definir lo que ha sido el Bera Bera para él.
Aunque ya no juega de manera regular, Beñat sigue vinculado al club y sube de vez en cuando a las tocatas, un reflejo de ese vínculo que no se rompe con el tiempo. “He aprendido muchas cosas aquí, no solo como jugador, sino como persona. Eso se queda para siempre”.
Un club que suma
Si algo ha permitido que el Bera Bera llegue a cumplir 40 años ha sido su capacidad para adaptarse y sumar. “Hemos pasado de ser solo un club de rugby a incorporar diferentes secciones, siempre con la idea de atender deportes minoritarios”, explica Pirulo. “El lema de sumar ha hecho que de un equipo de amigos hayamos llegado a ser un club referente”.
Ese crecimiento también ha ido acompañado de una apuesta clara por los valores. Hoy, el Bera Bera es un club competitivo, pero sobre todo un espacio donde se educa desde edades muy tempranas. “Más allá de los resultados, es un club centrado en transmitir valores, tanto en la escuela como en sénior”, explica Alazne Larraza, jugadora del sénior femenino y entrenadora de la escuela.
La diversidad forma parte de la identidad actual del club. “Una de las cosas más valiosas es que tenemos equipos desde edades muy tempranas y diversidad de sexos tanto en jugadoras como en entrenadoras”, señala. En todos los equipos de la escuela hay mujeres: jugadoras y entrenadoras, algo que refuerza el proyecto de futuro.
El trabajo invisible
En todas las etapas aparece un elemento común: la gente que trabaja en la sombra. “El trabajo de las personas que hacen club sin cobrar nada ha sido esencial”, subraya Beñat. “Sin esa gente, el Bera Bera no sería lo mismo”. Pirulo coincide: la clave ha sido siempre ser un club de puertas abiertas, donde entra mucha más gente de la que se va.
Hoy, el reto sigue siendo el mismo que en los inicios, aunque con otro tamaño: mantener una base sólida, formar jugadores y jugadoras desde la cantera y sostener un proyecto amateur donde estudios, trabajo y vida personal conviven con el rugby.
Mirar atrás para seguir adelante
Cuarenta años después de aquella reunión en Lo Viejo, el Bera Bera sigue siendo reconocible. De ser únicamente un club de rugby, fue incorporando nuevas secciones y proyectos con una idea clara: sumar. “Si tuviera que definir el club con una palabra sería integración”, resume Pirulo. “Integración en el deporte adaptado, en personas con distintas capacidades, en edades, en perfiles muy diferentes. Siempre con la misma filosofía: que todo el mundo tenga un sitio”. Cambian los nombres, los campos o las categorías, pero no el espíritu. “Cambian las personas, pero no la esencia”, resume Alazne. Un sentimiento de familia, un compromiso colectivo y una manera muy concreta de entender el deporte.
El Bera Bera cumple 40 años habiendo crecido, diversificado y evolucionado, pero sin olvidar de dónde viene: del rugby, de la gente y de una idea sencilla que, cuatro décadas después, sigue viva.











